Marietta, hoy toda una mujer, alguna vez fue una niña inquieta, rebelde, reticente a dormir siestas, poco
simpatizante a sopas de cabello de angel, algo
desobediente, exploradora de jardines conservados por competentes jardineros, devoradora de tierra tanto como de higos caídos.
Esa niña solía
vacacionar en un
poblado enclavado en las sierras, en una residencia confortable y acogedora, con piscina, juegos infantiles, árboles frutales y de los otros, mucho verde y muchas flores.
Marietta, disfrutaba cada verano en ese lugar junto a su
hermanito,
amiguitos,
amiguitas,
primitos y
primitas, siempre bajo la mirada atenta de su mamá, quien pasaba las tardes sentada en el amplio parque tomando mates endulzados con caña Legui junto a sus amigas del villorio. Era su deleite saborear los ricos asados que en el colosal
parrillero hacía su papá, quien mientras daba vueltas en la parrilla, chorizos, morcillas,
vacíos y costillas, degustaba de tintos ricos y caros.
Le apasionaba a la hija de ese experto asador, corretear por los cerros cercanos, tocar timbre en las casas vecinas y salir corriendo, sentarse en la vereda para observar los
caminitos que
hacían las hormigas, acariciar perritos vagabundos y gatos con atributos intactos pues eran tiempos de veterinarios sin tijeras
castra doras. También jugaba en el extenso jardin debajo de los nogales y castaños con las hamacas, el sube y baja y como no sufría de vértigo cada tanto se tiraba del
tobogan. Aunque uno de los juegos que mas le gustaba era cuando sus
compañeritos de travesuras la arrastraban tirando del "
carrito naranja". Vale aclarar que ese
carrito naranja no era mas que eso: un simple
carricoche metálico color naranja de tal tamaño que apenas contenía la pequeña humanidad de
Marietta.
Así
transcurrían los veraneos e
invierneos de infancia y
pre adolescencia de nuestra
Marietta, llamada
Ela por los familiares y amigos cercanos.
Y
Ela creció - en experiencia porque de estatura poco- fue a la escuela, dejó de comer tierra, consiguió trabajo digno, tuvo novio (novios), se casó,
dio a luz una bella y peluda criatura, dejó de ser rebelde, se hizo mas responsable, vivió
alegrías y sinsabores y dejó de ir a pasar temporadas en la
casita de las sierras. Aunque cada tanto, en las tardes melancólicas de
llovizna otoñal, sentada en el rincón cálido de su hogar, aguja de
crochet en mano,
se acuerda de aquel
carruaje naranja.
Quiso el destino que un día, regresando de un fascinante viaje por el interior de las pampas, apareciera en el camino el
pueblito serrano tan caro a los sentimientos de
Marietta. Al ver el
cartelito con el nombre del paraje, sintió como una voz que le
decía:
Eeela Eeeela y
Ela buscó la sombra de un paraíso estacionó el coche y se largó a caminar, por esas calles
pavimentadas que ayer eran senderos de piedra y hoy hasta semáforos tienen; ya no sentía el aroma de
lavandas ni hierbas aromáticas, ahora el aire estaba inundado de olor a hamburguesas de los
fast food de la avenida, tampoco pudo ver los
hippies artesanos, hoy son locales que muestran productos chinos y vendedores ambulantes senegaleses ofertando relojes de marcas dudosas. Siguió caminando con el paso firme buscando con la vista inquieta la
casita de sus recuerdos infantiles.
Al final de la calle principal, apareció la ansiada
morada, hoy convertida en un lujoso hotel de media estrella pero conservando mucho de ese lugar que la cobijara en sus años primeros. El corazón comenzó a
latirle mas fuerte y el pecho se apretujaba debajo de la escotada remera color coral. Abrió grande los ojos como para poder mirar todo a su alrededor y comenzó a revivir andanzas de otrora.
Juntó coraje y llamó a la puerta, se presentó ante un señor corpulento y amable; cuando le dijo su nombre y quien era, el señor actual dueño del lugar, se sorprendió al escuchar el ilustre apellido y no hacia otra cosa que saltar y danzar llamando a su mujer y
demás familiares que poblaban la casa,
diciéndoles en voz alta: pero miren a quien tenemos
aquí!!! la hija de tal, la nieta de tal....
Una vez
tranquilizado, el fornido señor invitó a
Ela a recorrer la casa, trayecto que era amenizado por paradas en las cuales la visitante, gimoteaba, lagrimeaba y soltaba expresiones de asombro. El dueño de casa como disfrutando de la conmoción de
Ela no hacia mas que mostrarle elementos antiguos; este es el sillón donde se sentaba su abuelo,
aquí esta la hamaca, recuerda este atril donde pintaba su abuela?, y
así con el
columpio, el perchero, el sube y baja y algunas cosas que la forastera ni se acordaba pero
decía que si para no desilusionar al anfitrión. Siguieron recorriendo la estancia el aire
llenándose de recuerdos, de los olores y de murmullos de
conversaciones que alguna vez oyeron esos añosos árboles.
Hasta que en un momento, la huésped, con una mirada tan tierna que
ablandaría al mas duro, espetó: lo
único que me
faltaría ahora, sería encontrar un
carrito con el que jugaba en las tardes de
estío. Al escuchar ese casi ruego, al hotelero se le amplió la sonrisa y tal vez pensando algo
así como: esta no te la esperas! llamó a su obediente hijo
ordenándole levantar unos maderos, chapas y otras cosas inservibles ... Ahora la gran sorpresa, que
había debajo de los
bártulos levantados?
Siiiiiiiiiiiiii! El famoso
carrito naranja!!!
Si hacia falta algo para que
Ela se derramara en
agradecimiento, en sollozos contenidos, en alabanzas al señor de los cielos y al señor que no hacia mas que desempolvar recuerdos, era tener frente a ella al
carrito.
Que momento !!! Pura
emoción.
Después de
serenarse y como todo no
podía ser perfecto,
Marietta tuvo la brillante idea de intentar subirse al
carrito. Todos los que la rodeaban en ese momento tuvieron una
expresión como de: señora! esta usted grande para eso, no sea
chiquilina!
A partir de ese momento,
Marietta visita semanalmente al
sicólogo a fin de que le ayude a aceptar eso de cumplir años. Todo culpa del
carrito naranja.